Aventuras cotidianas

Travesía contra el móvil

El aburrimiento se ha vuelto aún más pesado después de una hora. Se ha puesto a revolotear a mi alrededor. Pero no con elegancia, no como una mariposa, más bien de forma patosa y molesta, rozándome la cara cada vez que bate sus alas. Como una especie de monstruo deforme que no debería poder volar, que se engendró sin querer una vez que Dios estornudó.

—Que me mires, joder —dice dándome otra bofetada.

Las da con desinterés y sin garbo. No son bofetadas que duelan, en absoluto, solo molestan. Yo me convierto en una vaca que sacude su rabo como única estrategia posible para ahuyentar a las moscas. La cosa sigue bailando a mi alrededor hasta que la miro, y entonces veo que no existe, que su cara es la más absoluta nada.

Qué incómodo.

Joder.

En la mesa está él, observándome, con una media sonrisa. Piensa que le queda poco para ganar. Probablemente tenga razón. Alargo el brazo para cogerlo y miro la hora. Son las 16:12. Luego me levanto y él se sorprende, veo cómo se le apaga la satisfacción. ¿Sabéis qué? Voy a dejarlo en la mesa. Es más, ni siquiera lo voy a dejar boca abajo, como si estuviera evitando caer en la tentación y necesitase no percatarme de que se le enciende la pantalla cada vez que llega una notificación. Voy a dejarlo boca arriba. Es un statement. Voy a dejarlo boca arriba para demostrar que no es una tentación, para humillarlo. Lo hago. Ahí te quedas. Lo he hecho. Se le rompe el protector de pantalla de la rabia y comienza a echar humo. Yo camino sin mirar atrás e intento demostrar desinterés, pero me sale regulín y más bien adopto una postura robótica. Sigo caminando. No te gires. No vuelvas. Llego a las escaleras y desaparece de mi campo de visión.

¡¿Qué demonios ha sido eso?! Sin llegar a creerme del todo lo que acabo de conseguir subo a trompicones las escaleras. Intento que no escuche mi efusividad desde la mesa del salón, qué vergüenza. He ganado. No esperaba esto de mí. Me quedo tieso en el piso de arriba. ¿Y ahora qué hago?

Tengo una máquina de coser abandonada, unos cuantos libros, podría dibujar, podría escribir… Todo eso está muy bien, pero no quiero hacer nada. Entonces me aprieto el pecho, desenrosco un tapón, y saco un cilindro de cristal con un cartel en el que dice “NIVEL DE DOPAMINA: POR LOS SUELOS” Ah, muy conveniente, eso explica muchas cosas.

¿Sabéis? Lo bueno de un diagnóstico de TDAH es que puedes utilizarlo de excusa cada vez que no quieras admitir que eres vago. No soy vago no soy vago no soy vago. Sí… verás… es que tengo un trastorno, ajá, TDAH, ¿has oído hablar de él? Lo sé, es muy nicho, no le pasa a cualquiera, ¿sabes? Somos muy pocos, podría decirse que soy una persona especial. Me doy cuenta de que estoy hablando solo. Otra cosa genial del TDAH es que puedo sucumbir a mis impulsos, ser errático, y decir que era por la hiperactividad. Mira, por ejemplo. Doy una patada a la pared porque quiero demostrarme a mí mismo que tengo libre albedrío, y porque tenía ganas, la verdad.

Pienso en mi móvil. ¡No! Miro a mi alrededor. ¿Y si salgo a correr? El trámite de ir a mi habitación, cambiarme de ropa, buscar los auriculares y ponerme las zapatillas me parece una tortura. Sigo mirando a mi alrededor. Entonces me fijo en una zona a la que no suelo prestar atención.

Mi piso de arriba contiene los dormitorios, pero también tiene un pequeño pasillito que da a unas escaleras para subir a un desván que está cerrado con llave. Como el desván está cerrado, el pasillo está lleno de trastos. Los miro y me miran.

—¡Feo! —exclama el aparato de aire acondicionado roto que hay abandonado en una esquina.

Eso ha sido completamente gratuito. El colchón apoyado en la pared del pasillo se ríe por lo bajini. Este sitio es hostil. Saben que no suelo frecuentarlo y me vacilan, soy un extraño. Un turista al que robarle la cartera. La verdad es que siempre he sido un poco pardillo. Me debato entre ir a mirarme al espejo de mi habitación y comprobar si tiene algún sentido lo que me han dicho, o bajar a la mesa del salón a coger el móvil y asumir la derrota.

No hago ninguna de las dos. Hoy estoy que no paro de sorprenderme. Comienzo a deslizarme por el pasillito bajo la atenta mirada del aire acondicionado, el colchón, una maleta abandonada y un diverso surtido de criaturas de otras índoles.

—¿Qué crees que estás haciendo? —exclama el colchón mientras le empujo para hacerme un hueco.

—No sé, ¿pasar?

Me responde con un gruñido de desaprobación. Cuanto más me adentro en la selva de trastos más cosas aparecen. Sábanas viejas, una PlayStation con los cables cortados, herramientas de todo tipo, algún que otro bicho muerto. Pienso en que se me ha vuelto a olvidar de sacar la ropa de la lavadora. Aparto un sillón y detrás aparecen dos adolescentes dándose el lote. Madre mía, tendríamos que hacer limpieza de vez en cuando. Estoy a punto de darme por vencido, pero entonces miro hacia atrás y veo que ahora mismo lo tengo igual de complicado para regresar que para seguir hacia delante. Así que sigo. Me armo de valor y voluntad, cojo un machete de explorador, y me pongo manos a la obra. Tras años de travesía, aparto una manta y encuentro la luz. ¡Luz! ¡Una ventana!

Y cuando parece que las cosas no podrían ir a mejor, me doy cuenta de que la ventana da a un tejado plano y cubierto con una lona que, a mi parecer, es una invitación para que lo pise. La ventana es grande, casi del tamaño de una persona, así que concluyo que efectivamente, debo pasar al tejado. ¡Qué emoción! Me pongo a mover la cola, tiro del mango y abro el portal a un nuevo mundo. La casa me escupe y aterrizo sobre la lona húmeda.

Este lugar está lleno de estímulos. No sabría por dónde empezar a describirlo. Tengo algo más que decir: que le jodan al móvil.

La magia y el mono

Hace años, rondaría los trece, mis abuelos se mudaron a una casa que perteneció a un matrimonio italiano. El hombre era carpintero y, como los hijos no quisieron venir a llevarse las cosas, la casa se quedó llena de pequeñas figurillas que tallaba aquel anciano que nunca conocí. Mi abuela nos invitó a llevarnos todo lo que quisiésemos para deshacerse de los trastos. Yo obedecí con ganas y me zambullí a explorar una habitación llena de muebles. Cerré la puerta, como si fuese parte de un rito que merece ese respeto que solo se da en soledad. En medio de aquella jungla de bultos cubiertos de mantas, en una mesilla, había un joyero de madera en forma de armario minúsculo. Abrí las dos puertas del pequeño armario. Luego abrí uno de sus cajones, luego otro. Y luego el último que me quedaba por abrir. Y pasó.

Comenzó a escucharse la banda sonora de Doctor Zhivago. Pasarían cinco segundos desde que abrí el cajón en ese bosque de hadas hasta que decidí sacarlo por completo y encontrar la caja de música. Hasta que descubrí el truco. Pero hasta entonces, hasta entonces era magia. Una magia que solo se te concede raramente, que solo te pertenece si consigue pillarte desprevenido, un hechizo que dura una sonrisa y unas pupilas brillantes, hasta que la razón pestañea y te dice que hay una explicación lógica. Todavía tengo el joyero.

Ahora tengo veinticinco y me acabo de mudar. No de vuelta a mi hogar, a mi tierra, sino a otra ciudad en el mismo planeta plano y sin sol al que migré hace dos años. Necesitaba escapar del pueblecillo encantador en el que llevo secuestrado desde entonces, pero no soy lo suficientemente valiente como para dejarlo todo y regresar, no aún. Así que, simplemente, me he movido a una capital, a media hora en tren del pueblecillo, en el que todavía trabajo. El caso es que acabo de llegar y tengo que soportar todas aquellas horribles misiones secundarias que uno ha de hacer cuando cambia de casa. Porque no soy un animal aconchado al que le basta con caminar para mudarse. Y aunque lo fuese, mi concha debería incluir una biblioteca, un gimnasio de escalada y un barrio por el que pasear de noche. Así que ahora he de sobrevivir a una serie de trámites burocráticos. Cuando digo sobrevivir, me imagino un titular de los periódicos: «Joven español muere luchando contra un documento que tenía que firmar para poder completar el registro civil. Al chico le faltaba disciplina y a mí me sobran anexos, declaraba triunfal el conjunto de hojas grapadas». Pero no nos enrollemos, esta historia no va sobre mi lucha por tener todos los papeles en regla, sino sobre un reencuentro con la magia. He encontrado un gimnasio de escalada en mi nuevo barrio y ayer fui a suscribirme.

Hace no tantos años, bromeaba con mis amigos diciendo que ser escalador era una red flag. Y lo es: es para hippies con privilegios y TDAH. Pero ahora ya no me puedo burlar, porque me he convertido en uno de ellos. Mi nuevo gimnasio se encuentra dentro de una antigua iglesia, en la que, obviamente, ya no se dan misas. Eso no implica que no se den rituales de liturgia: los abrazaárboles, monos hiperactivos y chicas bisexuales (también hiperactivas) podemos llegar a venerar un trozo de pared lleno de rocas de colores. Yo, al menos, lo venero, y en este país desprovisto de relieve alguno, aún más. Llegué al templo y me embobé mirando con fascinación aquella quimera extraña que hubiese infartado a la Santa Inquisición.

El chico del mostrador me preguntó mi nombre para registrarme. Cuando se lo dije, lo pronunció de vuelta como pudo y añadió:

—Catalan?

—More or less.

Él asintió. Era tímido y se dedicó a hacer su trabajo, aunque sonrió. Yo apenas me fijé en su cara; había demasiadas otras cosas en las que fijarse, como, por ejemplo, el monstruo de vidrieras coloridas y techos infinitos en el que me había metido. El chaval me dio una tarjeta de socio y me dejó ir.

Una vez allí, frente a los muros, me escondí en una cueva aún sin habitar y empecé. Y mientras agarraba, fallaba y lograba, y sudaba, se escuchaba de fondo una música tranquila que venía de los altavoces. Pero yo apenas me fijé, como cuando tu piel deja de notar el tacto con la ropa al poco rato de ponértela: tu cuerpo la absorbe y la acepta como suya. Exactamente igual, yo llevaba la música puesta. Y entonces, justo cuando intentaba llegar a la cima de una de aquellas montañas imaginarias, sonaron unos acordes que hicieron que la música volviese a rozarme la piel. Intenté seguir a lo mío, pero me empezaron a tirar de los pelos. Así que alcé la mirada, dejándole claro a la canción que tenía toda mi atención. Y comenzó a hablarme en un idioma que entendía. La canción era «Ens vam esfum.», en catalán.

Y así, en medio de un cataclismo, en una vorágine de papeles, de cajas, de muebles sin montar y de sesiones de discusión con Google Maps; en medio del huracán, el tiempo se detuvo. Y yo me quedé colgando como una cría de gibón con los ojos bien abiertos, mirando hacia el abismo invertido por el que penetraban luces de colores y escuchando una voz de mi planeta. Escuchando mi casa en un país extranjero. Y lloré. Y sonreí. Y la magia que caduca en segundos, fugaz, la del que no ha entendido el truco aún, la del que cree en lo imposible, volvió a habitarme. Un desconocido tímido, aburrido después de horas detrás de un ordenador, dando pies de gato a hiperactivos y registrando a recién llegados, había decidido regalarme un trocito de magia. No creo que olvide nunca la generosidad de ese chico; parar el tiempo no es algo que se olvide fácilmente. La canción siguió sonando y yo bajé al suelo para entregarle mi cuerpo entero como un niño fascinado por el fuego. Encontré la cámara en una esquina del techo, al lado del altavoz, y me aseguré de que me viese sonreír. Luego terminó y seguí escalando.

Al salir pasé por el lado del mostrador. Había más gente, así que yo me limité a esperar hasta que me mirase y decirle adiós. Creo que lo prefiero así. Que sea un secreto, que no hablemos del hechizo. La magia, cuanto más hablas de ella, más la ensucias, ¿sabes?

0 0 votes
Article Rating
Subscribe
Notify of
guest
0 Comments
Oldest
Newest Most Voted